El Fuego de Galán y Alcantuz
El Fuego de Galán y Alcantuz
En mi familia es normal escuchar música durante todos los viajes
en auto. Por eso, suele hacerse una carpeta de “viajes” donde se incluye música
para todos los gustos de los viajeros. Los viejos santandereanos son tan
regionalistas que siempre incluyen temas como Si pasas por San Gil, del prolífico compositor huilense Jorge
Villamil. Entre sus poéticas frases, en este tema del folclor colombiano el
autor describe parajes icónicos del municipio de San Gil, culminándolo con “El
fuego de Galán y de Alcantuz, que en fiera llama se extendió hacia las tierras
del sur”. Conozco la mayoría de los
espacios descritos en la canción, pero desde niño siempre me pregunté quiénes
eran esos tipos Galán y Alcantuz y por qué el compositor les dio tanta importancia
como para perpetuarlos en los últimos versos de esta obra.
José Antonio Galán era poco menos que un “don nadie”: un mestizo
guanentino nacido en el municipio de Charalá, hijo de un español sin fortuna
proveniente de Galicia, pero con mucha sangre guane heredada de su señora
madre. Era un campesino analfabeta que difícilmente sabía escribir el nombre
pero que ganó relevancia histórica tras la rebeldía de nuestra mártir Manuela
Beltrán en 1781 en el municipio de El Socorro. Por otro lado, de Lorenzo
Alcantuz apenas se sabe que era un boyacense nacido en Sogamoso y que vivía en
San Gil cuando decidió liderar un grupo de campesinos que acabaron uniéndose a
la insurrección comunera promovida por Galán. Sus ideales los llevaron a tener
un final común, siendo Galán y Alcantuz sentenciados y descuartizados en Bogotá
en 1782, y posteriormente exhibidas partes en los municipios insurrectos de El
Socorro, San Gil, Guaduas, Charalá y Mogotes, entre otros.
Los comuneros no eran muy amigos de las reformas tributarias y ya
desde 1752 se habían amotinado tres veces en contra del monopolio del
aguardiente, además de un fuerte levantamiento guane formado por más de 1500
indígenas en 1779 y otro contra el impuesto al tabaco en 1780 en varios
municipios de las hoy provincias comunera y guanentina. Pero la revuelta que se
inició el 16 de marzo de 1781 en la plaza de El Socorro tuvo una repercusión
sin precedentes, cuando Manuela Beltrán, una modesta productora de tabacos que
sabía leer y que estaba en la primera fila mientras el Ayuntamiento de El
Socorro publicaba un edicto por el cual se fijaba el impuesto de Armada y
Barlovento, se lanzó hacia el documento, lo arrancó y lo rompió. Los varones
santandereanos se autodefinen como hombres sin miedo a nada, pero Manuela
Beltrán es la imagen vívida de la mujer santandereana, por eso creo que en ese
departamento los hombres sí le temen a algo… o mejor, a alguien.
Inicialmente los protestantes eran en su mayoría los pobres, pero
la manifestación se convirtió en un reguero de pólvora que atrajo a los
indígenas y a las clases sociales mejor acomodadas, incluso a personajes de
prestigio y abolengo, tanto que como líder del ejército insurrecto fue nombrado
el terrateniente Juan Francisco Berbeo, quien con otros personajes prominentes
formó una junta llamada “El Común”, de donde provino el adjetivo “Comuneros”.
Esto demuestra que en nuestro país es costumbre que, sólo en razón del nombre,
el pueblo confíe en personajes que a la postre les traicionarán en pro de sus
intereses particulares.
Volvamos a Galán. Cerca de 4000 personas a pié iniciaron su camino
hacia Santa Fe pero después se sumaron muchos miles más. Galán fue ganando
liderazgo tras liberar de tributos a los indígenas, declarar la libertad a los
esclavos negros mineros en Mariquita (convirtiéndose en el primer líder con la
idea libertadora de esclavos en Colombia) y despojar de las armas y mando a los
realistas en Nemocón. Tanto así que en mayo de 1781 el propio Berbeo decidió
entregar a Galán el mando del destacamento comunero. Entretanto, no debemos
olvidar que Berbeo era un criollo adinerado y con buena posición: era el
regente local de El Socorro. Y de la misma manera que muchos políticos
actuales, se cambió de bando en un momento crucial de la historia. Conforme lo
narra Daniel Samper Pizano en la Revista Credencial del 18 de agosto de 2019,
después del camino Río Magdalena arriba, cerca de Zipaquirá, “La traición se
consumó con la entrega de Berbeo, que vendió a sus compañeros de manera
miserable a cambio de un puesto en su provincia”. La revuelta se disolvió y
José Antonio Galán Zorro, Lorenzo Alcantuz, Isidro Molina, y Manuel Ortiz, se
convirtieron en mártires comuneros al ser condenados al cadalso en Santa Fe.
La moraleja de esta historia parece ser que quienes reclaman no pueden confiar en alguien que no tiene nada por qué
reclamar. Este fue uno de los grandes errores históricos de la insurrección
comunera, pero parece repetirse a lo largo de la historia, ya que la mayoría de
los políticos en quienes el pueblo ha venido depositando su confianza tienen
posiciones económicas y/o sociales que no brindan garantía alguna de que su
representación en las instancias gubernamentales puede ser efectivamente confiable.
Comentarios
Publicar un comentario